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Una de la atracciones que el turismo de los países de avanzada en la materia no descuida es, resueltamente, la GASTRONOMÍA. En especial, en las naciones europeas, los vinos, los platos típicos, las artesanías, el folklore, en fin todo es materia de atenta promoción y si consideramos al turismo como una industria más, como la industria sin chimeneas, o como se prefiera, la pastelería, por ejemplo, es mercadería turística.

Villa General Belgrano, es un pueblo de 6000 habitantes que se encuentra a 90 km. de la capital cordobesa sobre la Ruta N 5, es el umbral que cambia el paisaje. Es una forma de entrar (con la imaginación) a una localidad típica del centro de Europa.

Ocurre que la edificación a dos aguas con abundancia de madera y tejas, como también el espíritu festivo durante todo el año, habla de la cultura y costumbres de las corrientes inmigratorias que llegaron con las primeras décadas del siglo pasado.

Cuenta la historia que el 1930, un alemán, Pablo Heintze, cabalgaba por estas tierras con el objetivo de cruzar las Sierras Chicas, y le gustó tanto el lugar, que de regreso a Buenos Aires, le comunica su experiencia a su vecino de oficina, Jorge Kaphun. Ambos resuelven, entonces, comprar estos campos con la idea de desarrollar una población estable.
Instalados en Calamuchita, el primero se dedica a la venta de campos y el segundo a la plantación de frutales.

Por esos años de crisis Mundial, acentuaron a su vez, las épocas de sequías y el agua de las acequias no alcanzaban para un riego intenso. Además de las fuertes heladas después de la floración y la sucesivas plagas, echaron por tierra sus sueños. Mediante contactos con amigos de Buenos Aires y gracias a una feliz iniciativa, un grupo de alumnos, maestros y padres de las escuelas alemanas, llegaron en 1935 a pasar sus vacaciones. De esta manera, este se convirtió en el comienzo del turismo en la Villa. La amable atención de los habitantes, así como, el parecido a su país natal, pero principalmente la buena cocina, hicieron que numerosos inmigrantes del centro de Europa y otras nacionalidades decidieran pasar unos días en Villa General Belgrano.

Alemanes, austríacos, suizos, húngaros, italianos, después de haber pasado por la Villa pensaron no sólo en ser visitantes, sino en crear una nueva vida en este lugar que recién comenzaba a dar sus primeros frutos.

Cuando uno viaja no solo se traslada físicamente, sino que las costumbres, hábitos y tradiciones viajan también con uno. Y fue justamente de esa manera que con el correr del tiempo, esos inmigrantes convertidos en primeros habitantes, fueron adecuando sus recetas a nuestro clima y adaptándolas al gusto de la gente de aquí. Un ejemplo dulce es la tradicional torta Selva Negra (biscochuelo de chocolate, con crema y guindas) que en su receta original la crema no llevaba azúcar.

Otra de las costumbres que trajeron es el goulash con spätzle de origen húngaro, que consiste en trocitos de carne que se cocinan en su misma salsa, y son acompañados con unos fideitos sin forma denominados "ñoquis alemanes". A esta salsa se le suele agregar una gran cantidad de paprika, lo cual lo hace muy picante. En el caso de Europa es necesario ese sabor picante por la gran cantidad de calorías que allí se requieren, pero en el caso de la Argentina con nuestro clima más templado se hace casi imposible comerlo muy picante.
Otro de los platos tradicionales, y muy solicitado en los numerosos restaurantes en la Villa, es el Schlacht-platte (variedad de carnes y salchichas ahumadas con abundante chucrut y puré de papas), o Knackwurst mit Sauerkraut (salchicha Frankfurt con chucrut).

Claro que como entrada están los excelentes y sabrosos embutidos, entre ellos están el Leber - Wurst (paté de hígado que puede o no ser ahumado), y el Landjager, un tipo de salamín. Estos se acompañan con la Polnische o rosca polaca y el Schwarzbrot (pan de centeno), los cuales se compran en las panaderías.

La comida puede entenderse como una gran ceremonia donde los comensales comparten en un dialogo apacible, la amistad y la alegría de un momento inolvidable. Una de las comidas que invita al reencuentro es la Raclette. Su nombre se debe al queso con que se la sirve, queso "raclette", es el típico del Canton Valláis, en Suiza y las montañas del Jura, en Francia. Su nombre significa "raspador", y guarda relación con la forma de consumirlo por los suizos. Los helvéticos gustan partir el queso en dos mitades y acercar la superficie de corte a un fuego que va calentando y fundiendo la pasta y antes de que esta se caiga se raspa y se pone en un plato donde se come caliente y acompañado de vegetales cocidos, cebollas y pickles.

Aquí se sirve el queso raclette en fetas para que cada comensal, utilizando una planchita de teflón lo derrita en una base eléctrica y luego se lo acompaña con pan de carne, panceta, papas a la Suiza, tomates, pikles, morrones al ajo, champignones al vino blanco, etc. De esta manera cada uno puede preparar su propio plato cuantas veces su creatividad se lo permita.

También se pueden encontrar especialidades a base de pescados como es el Sahnehering mit Salzkartoffeln, Zwiebeln und Kräuter, filetes de arenque a la crema con papas al natural, cebollas y hierbas. Además del Forelle Gebraten in Brauner Butter, trucha a la manteca negra.

A la hora de los postres la repostería es muy amplia. El conocido Apfelstrudel, arrollado de manzana con una masa muy fina, o la Schwarzwälder Kirschetorte, biscochuelo de chocolate relleno don crema y guindas.

Y si nos acercamos a la hora del té siempre vienen bien alguna masita vienesa que tienen el particular encanto de atraer a pequeños y grandes, a golosos y no tanto.

Naturalmente, hay secretos en todo oficio o artesanía. En las masas, en las tortas y las comidas, por consiguiente. Desde la preparación de la harina, la masa, los ingredientes, la temperatura, en fin, todo tiene su técnica y una gracia heredada de nuestras abuelas.


hecho en Argentina

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