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A orillas del Río Paraná, creció de la mano de su puerto, receptor de la riqueza agrícola ganadera de una pampa sin horizontes, tan fértil como generosa. Camino obligado en la ruta fluvial hacia los países limítrofes, se convirtió en un punto estratégico para el intercambio y la comunicación. Bordeando la ciudad, el "Paraná", que en lengua guaraní significa "pariente del mar, hijo del las lluvias", fue y es protagonista de la vida de esta ciudad. Ancho y caudaloso como pocos, se ramifica en un extenso delta, ofreciendo un paraíso ecológico y refugio natural a sólo unos metros de la gran ciudad.
Nada mejor que el arte de sus propios creadores para captar la esencia de esta ciudad de puertos y barcos; tangos en antiguos conventillos y lujosos salones; mundo de inmigrantes; de pescadores tras sus redes bañadas por los ocres y amarillos de tantos amaneceres. Rosario quiere abrirle sus puertas para que usted pueda caminar sus calles, descubrir sus esquinas, admirar sus antiguas casonas, recorrer sus parques, navegar su río y formar parte, aunque sólo sea por unos días, de su vida. Esta ciudad surgía como un disperso caserío que fue tomando forma de villa de la instalación, en 1731, de su capilla, hoy Basílica Catedral Nuestra Señora del Rosario, alrededor de la cual se establecerían los primitivos pobladores.
Es por ello que se dice que Rosario es hija de los barcos ya que no conoce otro fundador que el flujo de miles de hombres y mujeres que a mediados del siglo pasado, remontaron su río marrón para edificar allí sus vidas y hacer realidad algunos de sus sueños. Sobre esos hombros se construyó la ciudad cuyo dinamismo, fruto de su enorme desarrollo industrial y comercial, no alcanzó a ocultar la calidez de sus barrios, el clima especial de sus calles y el verde de sus parques y plazas.

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