Población nativa de Chaco y formosa

 


  INTRODUCCIÓN GENERAL

 
 

EL ABORIGEN FORMOSEÑO

El aborigen que habita actualmente el territorio formoseño es descendiente directo de los numerosos pueblos aborígenes que vivieron en el llamado "Gran Chaco Gualamba", denominación geográfica que utilizaron los colonizadores españoles para designar desde fines del siglo XVI, el área comprendida por las actuales provincias de Chaco, Formosa, Norte de Santa Fe, NE de Santiago del Estero, E. De Salta y parte de Bolivia.

Etnográficamente se consideran a los chaquenses divididos en tres grandes grupos o familias étnicas: a) Guaycurúes (Tobas y Pilagás); b)Matacos Mataguayos y c) Lules Vilelas y Tonocotes. Participando los dos primeros de un caudal cultural común, no así el tercero vinculado étnicamente a los pueblos andinos.

Cabe apuntar que la actual provincia de Formosa fue asiento solamente de los Guaycurúes y los Wichí (Matacos), a la vez que el tercer grupo habitó solamente en la actual provincia de Santiago del Estero.

La visión actual del panorama aborigen formoseño confirma esta circunstancia histórica: en el oeste y centro habitan los Wichí, en el área central los Pilagás (grupo Guaycurú) quedando el este como hábitat de los Tobas, integrantes también de dicha parcialidad chaquense.

Tanto Wichís como Pilagás y Tobas forman parte de la población general formoseña, tienen los mismos deberes y derechos que les cabe como ciudadanos argentinos, y salvo algunos grupos que habitan áreas marginales del N.E. que constituyen mayoría, en la generalidad de los casos conviven con los criollos participando de un proceso de asimilación y aculturación paulatino y definido.

Ello no significa que hayan perdido los elementos culturales más importantes de su herencia étnica. Aunque abandonaron el nomadismo secular, participan de trabajos rurales como hacheros, cosecheros y peones de campo. Conocen el idioma castellano, se visten con ropas de origen industrial, etc. Todavía superviven numerosos patrimonios, usos y costumbres que heredaron de sus mayores y que facilita todavía una cierta cohesión étnica y socio -cultural.

El nivel de esta asimilación es muy variado y depende fundamentalmente del lugar de asentamiento, la relación numérica con respecto a los criollos con quienes conviven, la presencia de escuelas, las relaciones laborales, Etc.

ASPECTO FISICO

No podemos pasar por alto en esta reseña de los aborígenes formoseños. Wichís y Guaycurúes, las características raciales y somatológicas ya que se los considera incluidos dentro de los grupos étnicos físicamente mejor conformados de América. Racialmente pertenecen a la misma especie de los pueblos pampeanos ( Charrúas, Patagones, Araucanos, etc.) opinión en la que coinciden la mayoría de los antropólogos que consideran a los pueblos de las llanuras como una gran familia racial.

Una complexión recia, alta estatura y proporciones armónicas y elegantes son las características generales de los Tobas, Wichís y Pilagás. D` Orbigny en su obra "El hombre americano" destaca su figura robusta, las piernas gruesas, la espalda ancha y el pecho saliente; observando en las mujeres las caderas y pechos anchos, asegurando además, no haber visto caso de obesidad en estos pueblos.

La cabeza es grande y predominan las caras de contorno oval y pentagonal, la nariz es de base ancha y los ojos almendrados presentan en algunos casos el pliegue mongólico. El cabello es lacio y negro, la barba es escasa y rala, los labios son gruesos, las extremidades delgadas y de músculos alargados se insertan en el tronco corto y macizo. Las manos son largas y de anchura mediana.

Estos son a grandes rasgos, las características fisonómicas y somatológicas del aborigen formoseño, que se mantienen en la actualidad en un grado de pureza bien definida, aunque las consecuencias de una alimentación deficitaria y los estragos de graves enfermedades endémicas (sífilis y tuberculosis) han alterado en alguna medida la talla y la complexión general de los individuos.

ESTILO DE VIDA

En el estado original de pureza cultural, antes que comenzara el proceso de su incorporación a la civilización, el estilo de vida de los aborígenes formoseños se basaba en una economía basada en la caza, en la pesca y en la recolección de frutos del monte.

Nómades consuetudinarios, conocían a fondo conocían a fondo el medio físico que les brindaba el hábitat. Un extraordinario sentido de observación capitalizado con un cúmulo de experiencias heredadas por la tradición, les permitía sacar provecho en la caza de animales silvestres o en la pesca de ríos y lagunas, escenario que dominaban a la perfección.

La familia era generalmente monógama aunque los caciques solían tener más de una mujer. Las familias se agrupaban en bandas u hordas de caza que aceptaban la autoridad de un cacique. Estas bandas, también llamadas tribus, variaban en cantidad de individuos y se desplazaban en busca de lugares con buena caza, pesca y frutos vegetales. Se instalaban por lo general en lugares altos y cerca de los ríos y lagunas.

La vivienda estaba de acuerdo al estilo de vida practicado. Generalmente consistía en una estructura abovedada construida con ramas enclavadas en el suelo que se unían en la parte superior, cubierta con ramas, cueros y paja. La altura del toldo -así se denomina la choza indígena- no pasaba de los dos metros y el hueco de acceso era bajo y relativamente pequeño.

La organización económica asignaba a los hombres la tarea de cazar y pescar, que se hacía en forma individual o colectiva utilizando el arco, la flecha y la macana para el primer caso y redes y arpones para el segundo.

La confección de redes de fibras de bromeliáceas, la elaboración de cántaros y cacharros para el uso doméstico y el tratamiento de cueros y pieles para vestimentas eran competencia de la mujer, cuya habilidad artesanal le permitía proveer del utilaje de uso cotidiano y familiar.

La vestimenta consistía primitivamente en el uso de pieles que cubrían el cuerpo, siendo reemplazadas más tarde por las mantas tejidas en telar, que envolvían piernas y abdomen, dejando el torso al descubierto. Esta costumbre era compartida por hombres y mujeres.

Los adornos incluían vinchas de plumas y tatuajes faciales. Algunos Guaycurúes acostumbraban a oradarse la oreja con un botón de madera cilíndrico que iban cambiando por otros de mayor tamaño a medida que pasaba el tiempo.

Creían en la supervivencia del alma y sus ritos abundaban en prácticas mágicas, siendo el brujo de la tribu el que oficiaba de médico y sacerdote. Todas las parcialidades creían en la existencia de un ser superior a quién rendían culto.

Nuestros aborígenes practicaban juegos, casi todos destinados a aumentar la destreza en el uso y manejo de las armas y acostumbraban a cantar y danzar acompañados de sonajeros y tambores de un solo parche, teniendo estas expresiones musicales un sentido eminentemente mágico y religioso.

ANTECEDENTES HISTÓRICOS

La tejeduría es una actividad artesanal que fue practicada por los indígenas chaquenses desde sus primeras épocas. Es indudable que un gran sentido de observación y las experiencias transmitidas de generación en generación, permitieron que el natural aprovechara en grado sumo las posibilidades de las fibras textiles que ofrece el contorno físico. Posteriormente los jesuitas les perfeccionaron la técnica del hilado y tejido de la lana que la conocían precariamente por contactos culturales con los pueblos andinos de Tucumán y Salta.

En las primeras épocas, el vestido se reducía al uso de pieles y cueros, poco más tarde se hace común la tela y el poncho, productos ambos de la tejeduría. Pero no es solo en la vestimenta donde participa esta artesanía. La fabricación de redes, bolsos, hilos, cuerdas, etc. De uso habitual en la caza y la pesca que practica el aborigen, es producto de la habilidad de las mujeres que utilizan la fuerte fibra de las bromeliácias en la confección de estos artículos.

El sacerdote Pedro Lozano, en su descripción Chorográfica del Gran Chaco Gualamba (año 1733) observa detenidamente este proceso y describe minuciosamente la materia prima y la técnica de fabricación empleada. Dice el Padre Lozano: "El chaguar, así llamado por los indios, es una especie de pitan, aunque inferior de altura, con hojas o pencas espinosas largas de uno o dos pies. Las especies más conocidas en el Chaco son dos, una de hojas mayores y tronco endeble, que se cría en los parajes más húmedos; y otra de hojas menores, troncos más fuertes y propia de los lugares secos; Ésta es la que prefieren los indios del Chaco para convertirla en hilados, que son tanto o más fuertes que el cáñamo, e incorruptible al agua. De ellos fabrican cordeles, piolas, redes para pescar, mantas y unas bolsas o maletas tejidas en forma de rejillas, que les sirven para cargar víveres y utensilios". Más adelante explica la técnica de extracción de la fibra de la siguiente manera: "Para obtener la filástica ponen las pencas de chaguar en infusión durante algunos días, con los que las hebras quedan limpias y aptas para el hilado lavándolas, se blanquean y afinan más, y se ignora como las tiñen con algunos colores, que son siempre permanentes".

En la primera mitad del siglo pasado, Alcides D' Orbigny documenta la técnica utilizada por los indígenas chaquenses para la confección de telas, redes y ponchos. Dice D' Orbigny refiriéndose a estos pueblos: "las mujeres deben tejer y hacer ponchos, aunque los confeccionan muy raramente. No poseen ningún telar, porque no pueden darse ese nombre a dos trozos de madera fijos en tierra por medio de estacas, en posición paralela y horizontal. A esas estacas se ata la trama, formada por hilos que rodean la madera y, a pesar de todo, ellas conocen la manera de separar la trama para cruzar los hilos.

Es por lo demás, el mismo género de tejido que he visto emplear a los indios de las Pampas y de la Patagonia y en todas las naciones que recibieron de los antiguos Incas ese progreso industrial. Dan a su lana y sus algodones colores vivos y más duraderos al emplear, como única sustancia tintórea, maderas o las cortezas de diversas especies de plantas o árboles" (Viajes a la América Meridional-A.D' Orbigny-1826/1833).

Estas citas históricas de quienes tuvieron oportunidad de conocer a nuestros aborígenes en su estado natural y con la poseción de sus bienes culturales auténticos, nos sirven para determinar la secularidad de esta artesanía, cuya técnica y factura estilística es mantenida aún por los aborígenes formoseños actuales demostrando legitimidad de una herencia milenaria que se ha conservado prácticamente inalterable, resistiendo el paso de los años y el avasallador avance de la civilización.

Veamos ahora en detalle, los distintos aspectos que abarca la artesanía textil tal como es practicada por los aborígenes chaquenses que habitan la actual provincia de Formosa.

MATERIA PRIMA

La artesanía indígena de nuestros días utiliza distintas fibras para la confección de los cordeles y artículos tejidos.

En la elaboración de piolas, bolsos(yicas), redes y otros elementos similares recurre a las fibras de las bromeliáceas, y en particular a dos especies: el CHAGUAR (Bromelia Serra) o caraguatá y la IVIRA (Pseudoananás Macrodontes). Estas plantas, que se caracterizan por sus hojas de bordes espinosos, crecen en el monte formando malezas impenetrables de 60 a 80cms de altura.

Para el tejido de Ponchos, fajas y vinchas, que requieren el uso del telar, se utiliza especialmente la lana de oveja y en menor escala algodón cultivado. Estos materiales, especialmente la lana, deben ser adquiridos con lo que muchas veces, la falta de medios económicos, entorpece la actividad textil y solo por excepción hace que se dediquen al tejido de estos artículos.

Para el teñido de los distintos hilados que utiliza para tejer la artesana aborigen (siempre es mujer la que se ocupa de esta labor) recurre a los vegetales de la zona para obtener el colorante adecuado, a cuyo efecto utiliza la infusión de cortezas, raíces, astillas, etc.

Privan los colores negros y café en la elaboración de los tejidos de chaguar o ivira (yicas, redes, etc.) siguiendo en menor escala el rosado. En la tejeduría de lana recurre a los colores vivos (rojos, amarillos, verdes) y es común que utilicen, sobre todo los indígenas que viven en lugares cercanos a poblaciones, lanas de colores vivos productos de la gran industria o recurran a las anilinas, también industriales, que adquieren en almacenes y6 comercios lugareños.

En términos generales se detalla a continuación los colores principales en uso y el origen vegetal de los mismos.

NEGRO: Ceiba, Guayacán, Itín, Garabato, Hollín de leña, pacará.

CAFE: Tala , Mistol, chañar, espinillo, tusca, algarrobo.

MORADO: Aserrín de quebracho colorado.

VERDE: Tala-Palo Santo.

LILA O ROSADO: Palo Santo, Sauco, Lapacho.

ROJO O ENCARNADO: Achira, Seibo.

AMARILLO: Sauce Colorado, Mora, Lapacho.

HERRAMIENTAS EMPLEADAS

Para la elaboración de las redes y yicas, la artesana indígena recurre a herramientas para el tejido, ya que el hilado lo hace retorciendo las fibras de las bromeliáceas sobre el muslo, haciendo deslizar la palma de la mano sobre el mismo. Una vez conseguido el cordel, procede al tejido utilizando una aguja del tipo colchonero para la trama fina y una tablilla de madera con una perforación en uno de sus extremos para las redes de pesca. A fin de mantener la uniformidad de los puntos y los nudos, usa una tablilla o palillo de madera que le sirve de guía.

Para el hilado de la lana o algodón se ayuda con el huso, herramienta que consiste en un palo delgado con un disco de madera inserto en su tercio inferior, que actúa como devanador, pues el retorcido en sí lo realiza con los dedos de la mano.

Con el hilado obtenido, la artesana teje mantas, ponchos, y fajas recurriendo al telar, que es sumamente simple y rudimentario.

El mismo se construye de la siguiente manera: se clavan dos palos paralelamente en el suelo, a una distancia un poco mayor que el ancho de la pieza a tejer. En la parte superior e inferior de estos palos asegura dos varas de madera que limitarán, con los mencionados, un marco o bastidor de lados paralelos. A veces se obvia la sujeción, al suelo y el marco puede transportarse con facilidad. Este es el llamado telar vertical, característico del indígena chaquense y pampeano.

Entre las varas inferior y superior se tiende la urdimbre de la futura tela, que está constituida por hilos teñidos y agrupados en franjas uniformes o intercaladas de uno y otro color, de acuerdo al dibujo que quiere obtenerse.

Tendida la urdimbre, con otro hilo elabora una forma de lizo, es decir que abraza los hilos pares, por una parte, y los impares por la otra, de manera tal que la trama va pasando en forma alternada.

Completa la instalación un palillo donde se ovilla el hilo de la trama, que conforma una virtual lanzadera, y una paleta angosta, de madera dura, que sirve para ajustar la trama una pasada con otra de forma que desaparezca y solamente se vea la urdimbre (por ello se denomina a esta labor tejido de trama escondida o perdida).

TECNICAS DE ELABORACIÓN

a) CORDELES, REDES, Y AFINES DE CHAGUAR

Las hojas de las bromeliáceas, extraída del monte con cortes de machete se dejan macerar en agua hasta que la descomposición de las mismas permitan obtener la fibra que utilizará para el hilado, que es fuerte e imputrecible.

Conseguido el cordel, mediante el retorcido en el muslo según procedimiento ya descripto, puede destinarse el mismo a cumplir funciones de piola, hilo de atar, cuerda de arco, etc. o destinársele al tejido de redes de pesca, bolsas, maleta, etc. según el grosor y calidad.

Para las redes se seleccionan los hilos gruesos y resistentes dejándose los finos y de grosor uniforme para elaborar las bolsas (yicas) o maletas, los que se colorean para lograr guardas decorativas.

Para tejer, la artesana clava dos estacas de 30 o 40 cm. en el suelo y tiende, entre los dos extremos superiores un hilo grueso que servirá de sostén inicial de los primeros puntos.

Comienza el tejido, que en el caso de tratarse de una red, se ayudará con una tablilla cuyo ancho corresponde aproximadamente al tamaño de los ojos de la misma. El hilo, que se anudará alternativamente, será pasado con una aguja preparada al efecto.

El tejido de las yicas y maletas requiere más habilidad y paciencia dado que hay que combinar los hilos de distintos colores y la trama en sí, muy parecida al crochet, es de paso reducido.

Utiliza aquí la artesana una aguja de colchonero o similar y los puntos se sujetan a un pequeño palillo. Los hilos que participan del tejido se envuelven en pequeños ovillos, que se ocupan según la necesidad que impone la decoración empleada.

Las guardas de las yicas, siempre geométricas, son muy variadas, aunque predominan las formas hexagonales y las guardas quebradas.

 

b) FAJAS Y PONCHOS DE LANA Y/O ALGODON

Previamente seleccionada la fibra (vellones de lana o algodón en rama) se procede a su hilado según procedimiento ya descripto.

Se tiñe el hilo obtenido por infusión de cortezas, raíces, etc. o recurriendo a anilinas industriales.

El tejido, que es el de tipo llamado batán -trama y urdimbre- se elabora en el telar vertical ya descripto.

Aunque el principio es muy simple y elemental -la trama cubre alternativamente los hilos pares e impares de la urdimbre y para ello tira sucesivamente los tizos correspondientes y ajusta la labor con la paleta- ello no obsta para que se logren efectos decorativos de gran belleza y sumamente sugestivos por ser acertada combinación de colores y expresiva ingenuidad.

Aunque la disposición habitual de la urdimbre en bandas de colores, en las que se alternan los hilos de color contrastante da como resultado final una franja tejida de puntos o bastones alternados, es muy común recurrir al levantado de uno o más hilos de la urdimbre en cada pasada, lo que le permite a la artesana alterar la regularidad simétrica de esa distribución en bastones. Con ese procedimiento puede obtener figuras y formas varias para la decoración del tejido.

Así se encuentran en fajas y ponchos diseños geométricos, zoomorfos o antropomorfos que responden, en su totalidad, a manifestaciones estilísticas tradicionales de gran riqueza estética.

Concluido el trabajo de tejido, se cortan los hilos sobrantes de la urdimbre dejando margen para flecos que se anudan para mantener el tejido y se los retuercen para dar prolija terminación.

Para la confección de ponchos o mantas, se teje una pieza de no más de 60 cm de ancho que posteriormente se corta en dos partes que se unen cosiéndolas a lo largo de uno de los bordes para conformar un rectángulo de 1,20 por 1,60 aproximadamente. Se termina finalmente la labor con el agregado de flecos que se aplican en todo su perímetro.

ANTECEDENTES HISTÓRICOS

Los documentos históricos que refieren los usos y costumbres de los aborígenes que habitaban el Gran Chacogualamba dan información sobre la existencia de una actividad alfarera, muy rudimentaria y elemental, que practicaban las mujeres indígenas con el fin de obtener vasijas y cántaros de uso familiar, como parte de las tareas cotidianas.

Esta información histórica se corrobora con el hallazgo de yacimientos alfareros arqueológicos en toda el área, que demuestran la antigüedad de esta actividad artesanal que, a no dudar, se remonta a épocas remotas y lejanas.

Las memorias del Jesuita Florián Paucke, que conviviera con los mocovíes, una parcialidad de los Guaycurúes, entre 1749 y 1767, relata minuciosamente las técnicas y métodos que emplean estos indígenas para la producción de estos enseres de barro cocido. Por tratarse de formas de elaboración comunes a todas las parcialidades chaquenses transcribimos la referencia de este religioso alemán que dice: "Las indias mismas hacen todas las vasijas y de un modo especial. Ellas buscan el barro a orillas del río, lo mezclan con el polvo de pedazos viejos machacados de jarros de agua, luego machacan también carbones y mezclan todo en una masa que ellas amasijan bien y elaboran".

Continúa diciendo el padre Paucke: "Para la fabricación no tienen otra herramienta que sus manos, una concha, una piedra pulidora y un harapa mediante los cuales forman un chorizo unido a la redonda sobre el cual fabrican primero el fondo de la vasija. Pero es de notar que ellos jamás forman plano el fondo de la olla o vasija de agua, sino redonda y algo puntiaguda por cuya causa antes de colocar la olla puede estar parada sin peligro de tumbarse. Pero ellos fabrican estas vasijas de este modo: después del otro y por encima de sí, meten la concha en el agua, alisan dentro y fuera los choricitos de modo que no se puede notar ningún resalto del uno al otro. Estos choricitos los emplean para la figura que quisieron hacer y construyen figuras muy especiales. Después dejan secar al aire libre bajo la sombra la vasija húmeda, tras este tienen una pintura roja y pintan la vasija por el lado de afuera. Después que está seca, toman la piedra pulidora y la dejan reluciente.

"A más en el campo encienden un fuego y colocan esta vasija en proximidad del fuego para que se caliente más pronto cuando se colocan en el mismo fuego. Después que hay bastantes carbones, encienden un gran fuego alrededor de los carbones enrojecidos, ponen al mismo medio la vasija para que esta se enfríe poco a poco y no se raje tan pronto al aire. También tienen cierta resina de árbol con la cual pegan las rajaduras ocurridas en las jarras de agua para que esta no pueda escurrirse ni una gota de agua".

Hemos creído conveniente transcribir textualmente los párrafos del padre Paucke a fin de establecer una comparación con las técnicas actualmente en uso que si bien nos ocuparemos de ellas más adelante, podemos anticipar que muy poco difieren de las anotaciones del religioso alemán, al igual que las formas de las piezas que han sufrido escasa transformación con el correr de más de dos.

MATERIA PRIMA

La arcilla que la indígena mataca o guaycurú utiliza para la confección de cacharros, platos, botijos y cántaros la extrae de las zonas cercanas a las lagunas, ríos y bañados.

Sabido es que la arcilla no se encuentra naturalmente en estado de pureza y generalmente presenta cuerpos extraños o granos de tosca que deben eliminarse para obtener mejor resultado en el trabajo final. Para ello, acuden a la multura en seco o lo que es lo mismo al molido fino del material extraído en seco y luego zarandeado por una malla fina de tejido vegetal, que retiene cascotes e impurezas.

La arcilla adecuada a la alfarería se compone sobre todo de silicatos y óxidos de aluminio, cuya proporción de mezcla natural varía según el lugar y el tipo de tierra de donde proviene. El equilibrio de estas dos substancias debe mantenerse pues si hay exceso de silicatos la masa resulta muy arenosa y hay que agregarle sustancias orgánicas que la hagan más plásticas y fáciles de modelar. Si por el contrario dominan los óxidos, resulta una pasta pegajosa que se equilibra con facilidad al cocinarla, por lo que debe recurrirse a los antiplásticos para su mejoramiento.

Los indígenas chaquenses usan generalmente antiplásticos debido a la naturaleza de tierra que disponen. Para ello muelen hueso calcinado en un mortero hasta obtener un polvo de grano tino que mezclan a la arcilla molturada. El hueso puede ser sustituido por restos de cántaros rotos, reducidos también por golpes de mortero a polvo fino. No es raro el uso de kl9os dos antiplásticos combinados.

El fuego destinado a cocer las piezas cerámicas se hace con leña fuerte, es decir maderas duras que producen buena brasa (quebracho, urunday, guayacán, etc.).

Las rajaduras, tan comunes en las piezas indígenas por el quemado rudimentario y deficiencias del material, se reparan con cera de avispas silvestres o resinas que se extraen de árboles o arbustos.

HERRAMIENTAS EMPLEADAS

Dado que la alfarería indígena chaquense se elabora casi exclusivamente con las manos, las herramientas se reducen a una mínima expresión.

Las artesanas utilizan una almeja de río o un marlo de choclo para alisar y unir las espirales mientras modela. Seca la pieza, el pulimento de la superficie la ejecuta con un canto rodado o un trozo de madera dura de caras lisas.

TÉCNICA DE ELABORACIÓN

Obtenida la tierra arcillosa que se utilizará para la masa, se lo moltura hasta obtener el polvo homogéneo y parejo. Aparte se ha preparado el antiplástico calcinando huesos en el fuego que luego se muelen finamente, procedimiento que también se utiliza cuando se recurre a restos de alfarería cocida.

El segundo paso de la operación incluye la mezcla de la tierra pulverizada con el antiplástico, operación que se realiza en seco y por partes iguales aproximadamente, hasta obtener una mezcla pareja y uniforme.

Con el agregado de agua, la artesana comienza a amasar la pasta. La experiencia en el oficio le da el grado de dureza y plasticidad adecuadas, que comprueba haciendo pequeños cilindros que luego dobla para ver si se quiebran. Por otra parte, el tacto se agudiza a tal punto que con solo tocar la masa sabe si la masa ha tomado el punto requerido.

El modelado se ejecuta en lugares sombríos y protegidos del viento. Para la elaboración de un cántaro se comienza con la base, a tal efecto se modela un pequeño disco sobre cuyo borde se pegará un pequeño cordón de arcilla. Sobre el mismo, y siguiendo un sentido de espiral, se aplica el "chorizo", cilindro de arcilla de 1 o 2 cm de sección que la artesana forma con las palmas de sus manos. De esta manera se va conformando la pared de la vasija, que cuando alcanza una altura prudencial, empareja uniendo los chorizos con el pulgar y el índice apretando la masa hasta hacer desaparecer las protuberancias, luego recurre a la almeja o el marlo para el alisado. Reinicia la aplicación del chorizo repitiendo la operación hasta completar la forma definitiva.

Concluido el modelado, se deja secar la pieza al reparo del viento y el sol fuerte, hasta que la humedad se evapora totalmente adquiriendo la arcilla una coloración grisácea clara. . Con la ayuda de un canto rodado o un trozo de madera, se pule la superficie y ya está lista para la cocción.

Para ello se acostumbra a utilizar dos procedimientos distintos. El primero, consiste en excavar u pozo en el suelo de aproximadamente 30 cm de diámetro por 40 de profundidad. El fondo se tapiza con astillas o estiércol seco de vacunos o chivos. Se coloca la pieza y se agrega más combustible a su alrededor hasta cubrir totalmente el pozo. Se prende fuego y lentamente se realiza la cocción hasta que se consume toda la leña y el estiércol y la pieza alfarera, ya cocida, adquiere un color marrón claro con manchas oscuras.

El segundo procedimiento, es más primitivo y elemental y consiste en ubicar las piezas secas dentro de un pila de ramas y leña seca, la que luego se enciende y se mantiene, con el agregado de más leña, hasta que los cachorros se coloreen al rojo vivo por acción del calor, punto en que la cocción ha concluido. Se deja enfriar todo en la ceniza y las piezas pueden ser utilizadas.

En cualquiera de los dos métodos descriptos puede darse la variante del agregado de ramas verdes que dan mucho humo, lo que trae como consecuencia el ennegrecimiento de las piezas.

Es indudable que la metodología descripta para la cocción de la cerámica indígena es sumamente elemental y ello trae como consecuencia no pocos problemas en el resultado final.

La proporción de piezas que se rompen por los golpes de viento o deficiencia en la distribución del calor es bastante elevada. Y las que no se quiebran totalmente, presentan rajaduras que la artesana repara con el agregado de cera o resinas vegetales.

Las formas generales que se elaboran en alfarería indígena son globulares o subglobulares y tienen como destino utilitario el uso doméstico para contener agua o líquidos varios.

También se elaboran cuencos y platos rústicos, los que se agregan a los utensilios de uso diario.

No es raro encontrar el modelado de piezas zoomorfas y antropomorfas que responden, en su origen, a principios mágicos propiciatorias de la caza, de posesión, de augurios, etc.

La posibilidad de destinar la producción alfarera a la venta como objeto artesanal apreciado por el hombre urbano, ha provocado alteraciones formales, que están en relación directa con el grado de desarrollo de esta venta y el contacto de los artesanos con el comprador no indígena.

En el caso de los matacos del oeste formoseño no se ha dado esta circunstancia y toda la alfarería que producen se destina a uso utilitario hogareño, no así los tobas ubicados en las afueras de la ciudad capital formoseña que están elaborando piezas para la venta turística.

ANTECEDENTES HISTÓRICOS

Las referencias que pueden obtenerse de la lectura de documentos de época y las relaciones de quienes estuvieron en contacto con las distintas parcialidades indígenas permiten asegurar la vigencia de la talla de la madera, como una actividad artesanal destinada a fabricar arcos, flechas, lanzas, mazas arrojadizas, morteros, pipas, silbatos, etc., a cuyo efecto recurrían los aborígenes a la utilización de las variadas y ricas especies madereras que ofrece el monte formoseño.

Como actividad destinada fundamentalmente a la fabricación de armas para la guerra, la caza y la pesca, la artesanía de la madera, como también la del cuero, fue siempre propia del hombre, costumbre que hoy se mantiene en la elaboración de otras piezas, también de madera, que han suplantado las antiguas armas, cuyo uso circunstancial se dedica a la caza y la pesca ocasional.

 

MATERIA PRIMA

La predominancia de maderas duras, propias de la vegetación xerofítica del monte formoseño, provee excelente materia prima para la elaboración de objetos y accesorios de ese material que son tallados por el aborígen con medios rudimentarios.

Para aquellos trabajos cuyo resultado será destinado a uso de exigencia rigurosa como las puntas de flechas, lanzas o mazas, la madera de quebracho colorado, urunday o guayacán ofrecen resistencia adecuada. El itín o carandá une a su dureza una especial flexibilidad lo que hace adecuado el uso de su madera para elaboración de arcos.

El palo lanza o palo mataco, es una madera blanca y muy dura que es utilizado para lanzas y, por su facilidad de talla, para confeccionar pipas y silbatos de caza.

Finalmente el Palo Santo, madera aromática y de hermosa textura verdosa, que abunda en el monte formoseño provee abundante materia prima para la elaboración de bateas, palas, cucharas, morteros y un sinfín de artículos tallados a los que la indígena actual, por la posibilidad de venta, se ha dedicado con entusiasmo.

HERRAMIENTAS EMPLEADAS

La imposibilidad de disponer de herramientas adecuadas para la talla de madera dura no es óbice para que el indígena formoseño, en especial el mataco del oeste, se dedique a esta artesanía de la madera.

El hacha, que le sirve para cortar los robustos troncos arbóreos también le permite un primer trozado de la madera.

A veces dispone de un serrucho, herramienta que en le monte constituye poco menos que un lujo, que ayuda a seccionar con más precisión los segmentos que luego tallará laboriosamente.

Para ello se vale casi con exclusividad con la ayuda de un cuchillo, que aunque limita las posibilidades de elaboración, permite elaborar y dar terminación a las formas obtenidas por desbaste de la madera.

Ocasionalmente se dispone de un formón, comúnmente de fabricación casera, y alguna escofina adquirida en el pueblo, que ayudan a la trabajosa tralla del duro material.

TECNICAS DE ELABORACIÓN

Partiendo de técnicas simples y empíricamente adquiridas o por la limitación y la experiencia personal del artesano, el desbaste de la madera se realiza en forma muy elemental.

Para excavar, como en el caso del mortero, se utiliza el fuego que, cuidadosamente controlado, va quemando el sector que se quiere desbastar.

El pulido final se realiza con rasquetas improvisadas de hojas de metal en desuso o un vidrio.

INFORMACIÓN ENVIADA POR LA SECRETARIA DE TURISMO DE FORMOSA


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